Por: Alejandra Santana
Lo que hizo Bad Bunny en el Super Bowl no fue solo un espectáculo musical. Fue, nos guste o no, un acto político en clave de derechos humanos.
Su presentación no ocurrió en el vacío. Ocurrió en un contexto específico: uno marcado por violaciones sistemáticas de derechos humanos contra personas migrantes, por el accionar de ICE, y por un clima político en el que el discurso anti-latino vuelve a ocupar el centro del poder.
Bad Bunny no es solo un artista.
Es un latino racializado, migrante caribeño, ganador de múltiples Grammys, que ocupa el centro del escenario sin pedir permiso ni traducirse. Y eso, en el contexto actual, es profundamente político.
La presencia de Bad Bunny en el escenario del Super Bowl es, ante todo, una reivindicación política de existencia en un contexto donde ser latino, migrante o racializado sigue implicando desposesión de derechos, sospecha permanente y negación de dignidad.
Bad Bunny no es solo un artista que canta en español. Es un latino que desde 2021 viene ganando Grammys y que hace pocos días obtuvo tres más: Álbum del Año, Mejor Interpretación Musical Global y Mejor Álbum de Música Urbana. Lidera rankings globales y, aun así, incomoda.
Y esa incomodidad dice mucho más sobre el sistema que sobre él. Porque el problema nunca ha sido el talento, sino quién tiene derecho a ocupar el centro sin pedir permiso.
Su actuación ocurre mientras millones de personas migrantes —muchas de ellas latinoamericanas— enfrentan detenciones arbitrarias, separaciones familiares, deportaciones sin garantías y tratos degradantes, ejecutados por agencias como ICE. No se trata de excesos aislados, sino de una política sostenida de deshumanización, ampliamente documentada por organismos de derechos humanos.
Desde el derecho internacional, migrar no es un crimen. Es una expresión del derecho a buscar condiciones de vida dignas. Sin embargo, el discurso político dominante —particularmente durante la administración de Donald Trump— ha construido a la persona migrante como amenaza, como invasor, como cuerpo descartable. Ese discurso no es retórico: produce daño real, legitima la violencia institucional y normaliza la pérdida de derechos.
Hablar de América Latina como “el patio trasero”; negar que América sea un continente diverso y apropiarse del nombre “América” como sinónimo exclusivo de Estados Unidos no es un error semántico. Es una operación colonial que jerarquiza vidas, culturas y territorios. En ese marco, la persona latina solo es aceptada si es invisible, servicial o silenciosa.
Por eso, la actuación de Bad Bunny no es solo representación cultural: es una contradicción directa a una lógica de exterminio simbólico. Una lógica que solo se mata con armas, sino también mata derechos, pertenencia y humanidad. Estar ahí, cantar ahí, ganar premios ahí y hacerlo sin asimilarse es una forma de decir: no somos invitados, somos parte.
La dignidad humana no depende del idioma, del pasaporte ni del lugar de nacimiento. Y cuando el arte irrumpe para recordarlo, no está “politizándose”: está defendiendo lo mínimo.
Tal vez lo que realmente incomoda no es el español en el Super Bowl.
Tal vez incomoda que, pese a los intentos de borrado, seguimos existiendo, creando, migrando y ocupando espacio.
Y eso, en tiempos de exclusión normalizada, ya es una forma de resistencia.
Cuando cantar en español también es una denuncia: Bad Bunny, el Super Bowl y los derechos humanos.

